Andaba por la ruta diaria con una mirada atrás a mi pueblo entrando a debatirme en esa parte de la historia que no sirve de consuelo y devalúa la frase: “en los que los mejores paraísos son los pasados”.
En Faraján nací, hace cinco décadas, el pueblo era chico pero había bastante gente y se vivía del trabajo familiar y recursos naturales. Los niños hacíamos travesuras, y al anochecer corríamos a esperar los padres a las afueras, que venían del campo.
Pronto llego la emigración y esa espera en las afueras hubo que fijarla en el coche viajeros por si el correo nos traía noticias.
Había un vacío familiar, incertidumbre y tristeza. La gente se estaba yendo del pueblo y nadie hacia nada por evitarlo.
Hasta la guardia civil se la llevaron del pueblo, no era prescindible pero sus familias vivían con nosotros.
Se cerraron alambiques, lágales, molinos, hornos de pan, barberías, carnicerías, chacineras, carbonerías, arrierías, carpinterías y otros negocios familiares que existían.
Las familias se iban a las ciudades a buscar un futuro para nosotros. Yo fui uno de los que me quede aquí.
El pueblo solo quedó para el verano y quedaban los recuerdos, unos recuerdos que algún día se olvidan.
Pero ese olvido nunca ira conmigo porque su riqueza natural no se la llevaron y siempre estará aquí.
Después llego la democracia y el sistema cambio pero este pero lo dejo para otro post.
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Muy conseguido Juan, espero la continuaci+on para comentar ya que de esto se puede hablar largo y tendido. Un abrazo Paco
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